Se trataba del mismo lugar... Pero no, allí no estaba lo que había ido a buscar.
El desencanto fue casi tan inmediato como el reconocimiento. Me dejé caer de
rodillas allí mismo, al borde del claro, y empecé a respirar entrecortadamente.
¿Para qué ir más lejos? Nada me retenía allí, nada, salvo los recuerdos que
podía invocar cuando quisiera —siempre que estuviera dispuesta a soportar el
correspondiente dolor—, y la pena que ahora me embargaba me había dejado helada.
Aquel sitio no tenía nada de especial sin él. No estaba del todo segura de qué
esperaba sentir allí, pero el prado carecía de atmósfera, estaba vacío, como todo lo
demás. Sólo se parecía a mis pesadillas. La cabeza me empezó a dar vueltas
vertiginosamente.
Al menos había acudido sola. [...]
¡Cuánta suerte tenía de estar sola!
Sola. Repetí la palabra con macabra satisfacción hasta que conseguí ponerme en
pie a pesar del dolor.

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